abril 03, 2012

Daniela Camacho y el lugar del misterio

















Daniela Camacho nació en Sinaloa, México en 1980 se graduó de Ingeniería Industrial y de Sistemas por el Itesm y de Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado los poemarios “En la punta de la lengua” (Tintanueva, 2007), poemario bicéfalo que realiza junto a la poeta dominicana Ariadna Vásquez , “Plegarias para insomnes” (Editorial Praxis, 2008); y el libro de palíndromos “Aire sería” (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista El Puro Cuento. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de México y el extranjero. En la actualidad vive en Japón.
La poesía de Daniela Camacho es una puerta abierta a universos plagados de belleza y de significados, su relación intimísima con el lenguaje la convierte en una poeta orfebre que es capaz de moldear la palabra y convertirla en parte de indisoluble de ella misma y de su contexto, cuando nos acercamos a la obra de esta poeta mexicana, encontramos que no existen muros entre la vida de sus poemas y su vida misma, el cuerpo, la palabra, el paisaje, es un todo que confluye y que conspira para completarse y ser una sola cosa, Daniela y el universo:
“Soy una mujer que ha encontrado en la palabra, en el lenguaje, el único modo posible de vida, de verdadera existencia.(…) mis palabras se gestan y brotan desde el centro de mi vientre, desde mis entrañas, habitan ahí, a la orilla de mis pasiones. Lo que llaman fortaleza de mi espíritu, yo quizá lo veo como la vulnerabilidad de mi ser, el punto exacto en el que me fragmento y me reconstruyo mediante la palabra”
La palabra sanadora, engendradora, refugio, habitación, residencia…todo un entramado de vida y de plenitud que nos acerca por medio del poema a un universo donde todos los factores son válidos, donde cada emoción tiene su lugar exacto y su contenido exacto, un universo a través del cual la poeta se reconoce y reconoce a su vez a los seres que la habitan: “Lavarás tu cuerpo poseída por la sombra. Al primer golpe de agua, la piel arrancará de tajo un nombre a la memoria. Querrás decir Leteo, canción del tenebroso, diamela, pero estarás muda de espanto. En la espera del que tañe mirlos en el aire, te descubrirás distinta a las demás hijas de Eva y hablarás por los desnudos.”
La búsqueda es un elemento fundamental en la poesía de Daniela Camacho, su búsqueda no tropieza con limitaciones, la libertad que la palabra le otorga hace de sus poemas construcciones donde el lenguaje se extiende libre y sin ataduras, un discurrir por la palabra rehaciéndose y rehaciéndola. Este manejo absoluto de la palabra abre de una forma singular el campo semántico y adapta los significados a conceptos más nítidos dentro del poema, lo que produce un acercamiento más exacto a los significados y un enriquecimiento espectacular del lenguaje. Podemos encontrar en sus textos términos cómo: lluviar, ensomencer, siastolar, diastolar o paginar entre otros muchas palabras que la poeta adapta en su discurso y que nos llevan de forma directa a los conceptos que pretende identificar; “Ya empieza a insomnecer y aquí no hay luna ni sol ni estrellas. No se escuchan las plegarias de la vieja rezandera ni hay jaurías mendigan­do las migajas del ayer.”
Esta forma de enriquecer el lenguaje requiere de una habilidad especial en el uso de la lengua y una visión trascendental de la misma; una visión que se introduce de forma limpia y desnuda de prejuicios en el estrato donde la poesía alcanza su máximo exponente, el territorio de la emoción pura y sus extensiones carentes de tiempo y de espacio determinado, una poeta frente al universo en extrema comunión con él a través de la reconstrucción de sus contornos por medio de la palabra, que es cedida al lector en una desnudez siempre expuesta al misterio: “Silencio. Detrás del ojo izquierdo habita siempre/un larvario de libélulas: ninfas de agualuna,/cazadoras de insectívoros secretos.”
Como podemos comprobar a través de sus textos, la poesía de Daniela Camacho no conoce límites en cuanto a la experimentación con la palabra, un ejemplo muy claro de esta profundización en la forma lo podemos encontrar en su libro de palíndromos “Aire sería”, donde lleva a cabo un trabajo extremadamente complicado. El palíndromo que viene del griego palin dromein, que significa volver a ir hacia atrás, serían versos que se leen igual de derecha a izquierda que de izquierda a derecha, técnica ésta complicadísima de la cual las primeras manifestaciones datan del S.III a.c, con el poeta griego Sótades y que Daniela retoma en la actualidad y lo adapta a un contexto actual: “Yo hallé sorgo o grosella hoy/O nada le dará jara de ládano”.
La poesía de Daniela Camacho es una poesía hembra, si es posible hacer esta afirmación, su condición de mujer, en todos los aspectos, desde la mujer -niña, mujer -amante, mujer-hija, mujer -lucha, mujer -dolor, mujer -fuerte, mujer -sola, mujer-pájaro… su universo femenino convierte a sus textos en cuerpos permeables a su condición de hembra, su sentir femenino, donde se ubica de forma ineludible el génesis y la continuidad de todo lo que el mundo contiene: “Soy tan ave como aquél que abandonó sus alas y reptó entre sol y soledad. Soy tan luna como aquella mariposa que alardea en alabastro y sin alar. Soy tan mujeril y hembruna como todas, casi muerta, casi insomne, casi triste: astrísima sirena del asfalto.”
Una lengua universal, llena de los matices que ha ido adquiriendo de los lugares tanto físicos como espirituales que ha alcanzado a través de la lectura , en su lengua , en otras lenguas, y de los viajes; de su estar en el mundo para impregnarse de lo hermoso, de lo que ineludiblemente necesita ser nombrado y con ello nombrar su existencia propia:
“Me gusta leer en otras lenguas, las que comprendo y las que no. Me acerco a poetas anglófonos en su lengua original, así como a los italianos. Hago algunas traducciones irresponsables. Me interesan también otras literaturas, a las cuales tengo acceso en traducciones: francesa, árabe, portuguesa. Actualmente vivo en Japón y estudio su lengua. Es muy compleja, pero reveladora. Quizá, alguna vez, pueda acceder a esta literatura (que es un universo) en su idioma original.”
Las influencias aparecen desde muchas direcciones, desde las más inmediatas en el contexto hispanoamericano, con referentes que ella misma nos indica como : Blanca Varela, María Negroni, Enrique Molina, Emira Rodríguez, Enrique Lihn, Vicente Huidobro o Alejandra Pizarnik, , pasando por la poesía española de Leopoldo María Panero, Pere Gimferrer, Félix Francisco Casanova, Chantal Maillard o Blanca Andreu, o autores de tan variada procedencia como Edmond Jabès o Anna Ajmátova. Lecturas que desde la heterogeneidad van conformando una forma de respirar en sus propios textos y van aclarando las sombras y abriendo luces en una poética que se desmarca por la hondura, y también por la introspección seria y sincera que realiza en las emociones más primarias y los misterios de la naturaleza humana. Dejar entreabierta la puerta del misterio para que el lector sea capaz de atravesarla desde una posición de implicado en el contexto, contextualizar al lector en su universo por medio del uso del lenguaje, o en palabras de la misma Daniela: “Me gusta pensar que en toda lectura hay algo que exige ser devorado.” (…) “habría que entrar en el poema como quien entra en un cuerpo, en una casa, en un espejo, ir imantados hacia la propia vida del poema. Hacia esa vida total, absoluta y latente que nos llama desde el lugar del lenguaje. A la manera de los videntes, se adivina un pulso, una temperatura, una música que habla de ese cuerpo. El poema, muy lejos ya del poeta, crece, muta, se da al movimiento con plena libertad y, de esa manera, ese cuerpo se nutre, gana en significaciones, sufre alteraciones en el torrente. Un poema es también un lugar de residencia y lo que lo habita, una casa o un jardín de infancia donde un cuerpo respira.”
La visión poética de Daniela Camacho es trascendente, noctámbula, desde la soledad necesaria del poeta, ella crea un espacio anexo que acaba confluyendo con la realidad, la razón y el delirio son dos caras de una misma moneda, un laberinto que recorre la existencia y la adapta a la belleza, una belleza entendida desde la más amplia extensión de la palabra, en este universo lo decadente, lo oscuro, lo doloroso están ineludiblemente unidos a un sentir lo bello que nace desde cualquier punto del interior que previamente haya producido una sensación o un estado; Daniela Camacho es capaz de validar la desolación en un estado pleno de belleza:“Morir. Morir insomne y desierta. Cuan­do todo huela a caléndulas y a mar. Amar. Cuando el mundo se convierta en el último murmullo de Dios, cuando no haya más si­lencio que el batir de alas de un pájaro ciego. Llover. Lluviar toda la fe que se me pudre en las heridas, hablar en monosílabos, morder la pulpa del dolor. Morir. Morir atenta, con el estómago vacío y los ojos muy abiertos. Mirar. Mirarlo todo, el cuerpo violentado de la niña, la sangre coagulada de los perros, el genocidio de poetas.”

No definiría yo a esta poeta mexicana como poeta oscura, su trabajo está estrechamente marcado por la luz, una luz que parte en primera instancia del conocimiento y la reflexión y que continúa iluminando desde la forma en que es capaz de abrir la comunicación con el lector, lo que consigue de una forma limpia de intermediarios coloquiales, nos trasporta a través de un canal de comunicación netamente emotivo y por consecuencia de ello, superior. Matices y matices que van aflorando en cada poema, un aire atravesado de verdad, de miedo, de sangrante realidad, de insomnio…la vida misma en su dimensión más trascendente.
En su libro “Plegarias para insomnes”, Daniela Camacho es una poeta en duelo, ese estado en el cual el poeta tiene plena consciencia del fluir en el texto pero que no necesariamente implica una conexión con los cauces normales de la razón, del discurrir normal del tiempo ni la ubicación física del cuerpo, entramos de su mano en ese no saber sabiendo del que nos hablaba San Juan de la Cruz…
“Sólo los insomnes copulan con la noche. Con su sexo embravecido tañen nubes y fantasmas. Resucitan la lujuria de los astros con el néctar de su lengua, gimen soledades: soledumbre.”, entramos en la noche del poeta y la noche envuelve todos los estados, arropa y regenera a la mujer-niña que busca la llave de todas las puertas, las del sueño, el dolor, la pérdida…un recorrido lúcido en un contexto donde el insomnio se convierte en el detonador de un recorrido existencial donde la poeta se encuentra consigo misma, y de ese encuentro parten nuevos encuentros que el lector reproduce y asimila a través de un texto vivo, que respira incluso lejos de su lugar de origen, en palabras de la propia Daniela:
“Algo de la vida del poema, sin embargo, podría tener lugar de origen en la vida del poeta que lo crea. O habría que preguntarse si de un mismo soplo han nacido esos dos cuerpos, el del hombre/mujer y el del lenguaje. Al final, uno escribe con el cuerpo, con todo el cuerpo y, de esa forma, se podría dejar la vida en el poema.”
Cuerpo, poema y lenguaje son partes de un todo que Daniela Camacho es capaz de recrear a través de la palabra, no existe el todo sin la parte ni la parte sin el todo…esto sucede cuando el poeta es capaz de desprenderse de las formas de la comunicación coloquial o informativa y es capaz de poetizar esa materia prima con la que el poeta trabaja en primera instancia, la emoción, que después acompañará de un moldeo artesanal de la palabra y numerosos recursos poéticos, entre los cuales yo destacaría el uso de la imagen, la cual usa de forma sorprendente y extremadamente certera, imágenes que acompaña de un trabajo muy preciso en cuanto a sonoridad y uso de la palabra como conductor de las emociones a través del ritmo. Daniela Camacho no adorna la realidad ni el sentir, lo poetiza y lo lleva a un lenguaje que se acerca extremadamente a la música, consiguiendo estados y reacciones en el lector sin relacionar sus textos a conceptos asumidos en el lenguaje coloquial…sus poemas transitan las regiones de lo no-visible envueltos en un armazón que tiene vida propia y del que ha de partir más vidas nuevas, tantas como lectores sean tocados por su magia.
Como ya dijera Virginia Woolf; no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de tu mente, es por ello que la obra de esta poeta mexicana, ciudadana de la noche, amante de la palabra, niña despojada de sombra que se abandona al lenguaje de las barcas, está destinada a una página en la historia de la poesía de nuestro siglo, porque su vuelo traspasa lo mundano, lo simple, y se adentra en la esencia de la forma más libre e imperecedera, lo que trasciende, el misterio, todo ello es lo importante, o en palabras de la propia Daniela:
“La realidad se proyecta en pequeños fragmentos, su característica principal es la impermanencia. La polifonía es infinita, son muchas generaciones (artistas de distintas décadas, filiaciones, orígenes) las que convergen; la realidad de la actual creación es inabarcable. Pero eso no es importante. Lo esencial ocurre para cada autor, es su realidad la que interesa, su desdoblamiento, lo que de sí mismo (y del mundo) le pueda ser revelado en la escritura. Habría que agradecer el misterio, lo que jamás será proyectado.”




Mujer ebria de luz

Cuando digo «nací herida de muerte y fui obligada a vivir» no hablo de los muros construidos en mi cuerpo ni de las hermosas cicatrices que ornamentan la tristeza. Hablo del silencio, de mi sexo niño violentado por el fuego, del ardor en las cenizas de este vientre desollado. Y si digo que en la boca llevo el resabio de la sangre y la caléndula, que mis huesos tiemblan de dolor y no de frío, que las letras de mi nombre están vacías… Si digo que de noche, enceguecida por la luz del mundo, repto en la viscosa lengua de la soledad más mía, respirando el polvo de unas manos muertas y olvidadas, si lo digo… Si dijera que mis pechos lactan una miel amarga y amarilla, que en los ojos ya no tengo lágrimas ni sueños y que dios se fue quedando sordo… Si mi boca se atreviera a pronunciar estas palabras, si la turba de fantasmas en mi lecho se extinguiera, sólo así, mujer ebria de luz y de saliva, desataría los pájaros noctámbulos que anidan y se anudan en mi cuerpo, para escuchar el dulce sistolar y diastolar de mi destino.





La voz en ruinas
IV




La noche te pronuncia con un gesto de nieve sobre árboles enfermos. Hembras animales hacen del silencio un río, un gemido oscuro que inaugura la pavana de los muertos. Debajo de los párpados construyo un puente hacia el sudario de tu rostro y dejo entre tus labios un pétalo de carne, un rastro de niebla. No vuelvas la mirada ahora que la lluvia me resulta indescifrable. Déjame apagar tu luz sobre los astros, ser isla al centro de tus aguas. Cuida que el silencio de las aves no delate nuestra música, que la arena de tus ojos no revele la agonía en el corazón de los amantes. Canta con tu fracturada voz de arcángel y sea la negra luna de tu lengua una espada que me hiera en los jardines del ensueño.