
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Ríos, como un fluir de bestias en los ojos,
como látigos tristes que azotan la garganta
o la madeja inútil del azar
donde se hila la enfermedad del tiempo,
yo nací tarde treinta y cuatro veces
y aún estoy en pie sobre tus años.
La esclavitud ha vuelto a enumerar los límites
del huérfano del mar, del labio que resbala
sobre la delicada forma de lo oscuro,
tragado por la noche vuelves a la nuca del ahorcado,
al llanto necesario,
al cementerio rojo donde la soledad gotea
y el dolor es más mudo que todos los silencios.
Del sueño vuelven a brotar olivos,
vuelven a helarse las siluetas en los mentideros del sol
que mecen en la lengua la edad de la pobreza,
la pena es una voz finísima perforando los huesos,
un alarido roto bajo el cincel del miedo.
Toda razón habita debajo de los párpados,
se extiende, tiembla,
reconoce los nombres y los rostros,
porque el mar no desiste de venerar sus peces
ni la tristeza helada de todos sus cadáveres.
Tú vienes del amanecer del mundo en la tardanza,
de una sucesión de árboles en guerra
que desangran sus verbos en la vegetación del pecho,
sí, amor, eso hago en la noche cuando me arde el frío
y los dedos se extienden por encima del luto
y los pájaros buscan sus estatuas perpetuas,
sí, yo escribo aire, aire solo.
de Mimario
